domingo, 25 de agosto de 2013

Cosmovisión Mapuche

Actualmente se entiende que el tiempo que vive cada uno de nosotros, por decirlo de alguna forma, es una especie de línea de tiempo, pero para las culturas precolombinas y otras orientales, corresponde a períodos cíclicos. Por ejemplo, se vinculaba que cada ciclo era una instancia de renacimiento personal, un volver a vivir junto con la naturaleza por los cambios de estación, posiciones de los astros, entre otros fenómenos.

Esto último viene arraigado desde occidente, que basado en los postulados más antiguos de la cultura judeo cristiana, propone que el tiempo es una línea de eventos, por ejemplo la historia de la Tierra Prometida siendo el Juicio Final un hito divisor, instaurando la idea de pasado-presente-futuro. Luego, con la aparición de la burguesía en el Medioevo se reafirma que el desarrollo es una evolución en el tiempo, se pasan etapas y se van “quemando”.

Para la Cosmovisión Mapuche, el tiempo era cíclico. Clara instancia, es el We Tripantu. “Los mapuche observaban que comenzaba el invierno. Creían que ese cambio era regido por la Luna, que provocaba los brotes de vegetales y la reproducción de los animales. En este nuevo periodo la tierra comienza a limpiarse con el agua que envía Ngenechén (Dios) a través del Ngen-ko (‘el espíritu del agua’), lo que provocaba un nuevo ciclo, que implicaba el término el ciclo anterior de preparación del suelo, siembras, cosechas y la naturaleza debe limpiar y preparar la tierra para otro periodo y así sucesivamente. Todos debían participar, ya que los adultos, los niños y toda la diversidad de los seres vivos eran beneficiados del Sol, que es el padre que aporta, a través de su energía masculina (opuesta y complementaria a la Tierra femenina), para que se produzcan alimentos para todos los seres vivos, no sólo a los humanos. Es una fiesta de agradecimiento por la vida que se renueva. Se dialoga con el Sol, porque creen que el Sol está vivo, porque están contentos de que vuelva y con él sienten que los humanos vuelven a crecer”.

Acá se comienza a vislumbrar que para la Cultura ancestral, la contraposición de entes es significativa. Es más, “los mapuches conciben el cosmos como una serie de plataformas que aparecen superpuestas en el espacio. Dichas plataformas son todas de forma cuadrada y de igual tamaño. Fueron creadas en orden descendente en el tiempo de los orígenes, tomando como modelo la plataforma más alta, recinto de los dioses creadores. Consecuentemente, el mundo natural es una réplica del sobrenatural.

La agrupación de estas plataformas cuadradas define la ubicación de las tres zonas cósmicas: cielo, tierra e infierno.

Las cuatro plataformas del bien, wenu mapu o meli ñom wenu, son el aposento ordenado y simétrico de los dioses, espíritus benéficos y antepasados. Ellas se oponen a las dos plataformas del mal, anka wenu y minche mapu, zonas oscuras, extrañas y caóticas en las cuales residen, respectivamente, los espíritus maléficos (wekufe) y los hombres enanos o pigmeos (laftrache).

La contradicción derivada de la oposición de estas dos zonas cósmicas en perpetuo conflicto se proyecta dinámicamente en la tierra, mundo natural en el cual este dualismo esencial se sintetiza. A pesar de que, desde un punto de vista lógico, podríamos reducir las tres zonas cósmicas a dos -mundos natural y sobrenatural-, la visión cósmica del mapuche apunta hacia otro criterio, puesto que, para él, el mundo sobrenatural es algo tan real y tangible como el natural”.

“Se puede considerar que la visión cósmica mapuche es dualista y dialéctica: el wenu mapu contiene sólo al bien (tesis); el anka wenu y minche mapu representan sólo el mal (antítesis); y en la tierra coexisten el bien y el mal en una síntesis que no implica fusión, sino yuxtaposición dinámica. La verdadera polaridad tiende a la unión; y la conjunción de dos fuerzas opuestas es una condición necesaria para lograr el equilibrio cósmico dualista”.

La dialéctica se desarrolla “en el siglo XVIII adquiriendo la teoría de los contrapuestos en las cosas o en los conceptos, así como la detección y superación de estos contrapuestos. De manera más esquemática puede definirse la dialéctica como el discurso en el que se contrapone una determinada concepción o tradición, entendida como tesis, y la muestra de los problemas y contradicciones, entendida como antítesis. De esta confrontación surge, en un tercer momento llamado síntesis, una resolución o una nueva comprensión del problema. Este esquema general puede concretarse como la contraposición entre concepto y cosa en la teoría del conocimiento, a la contraposición entre los diferentes participantes en una discusión y a contraposiciones reales en la naturaleza o en la sociedad, entre otras”.

Se puede ver que a pesar de que las posibilidades de la Cultura Mapuche, podrían ser limitadas, el/la mapuche buscaba explicación, mediante su cosmovisión, de las cosas que le sucedían en su entorno. Increíblemente, proponen un intrincado y desarrollado formato en que la dialéctica hace posible la existencia de las cosas, la contraposición.

La contraposición en sí, vendría a ser la chispa que gatilla cambios o “renacimientos”. Los contrapuntos generan y dan razón de ser a la realidad aparente, el bien y el mal. De hecho, para la Cosmovisión Mapuche los puntos cardinales forman “la tierra de las cuatro esquinas”, siendo el “Norte” una dirección maldita porque desde allí llegaron los conquistadores españoles a tensar la calma presente en sus territorios.

“La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, o sea, “la confrontación entre clases sociales es el motor del cambio histórico” para la dialéctica materialista.



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