Actualmente se entiende que el tiempo que vive cada
uno de nosotros, por decirlo de alguna forma, es una especie de línea de
tiempo, pero para las culturas precolombinas y otras orientales, corresponde a
períodos cíclicos. Por ejemplo, se vinculaba que cada ciclo era una instancia
de renacimiento personal, un volver a vivir junto con la naturaleza por los
cambios de estación, posiciones de los astros, entre otros fenómenos.
Esto último viene arraigado desde occidente, que
basado en los postulados más antiguos de la cultura judeo cristiana, propone
que el tiempo es una línea de eventos, por ejemplo la historia de la Tierra
Prometida siendo el Juicio Final un hito divisor, instaurando la idea de
pasado-presente-futuro. Luego, con la aparición de la burguesía en el Medioevo
se reafirma que el desarrollo es una evolución en el tiempo, se pasan etapas y
se van “quemando”.
Para la Cosmovisión Mapuche, el tiempo era cíclico.
Clara instancia, es el We Tripantu. “Los mapuche observaban que comenzaba el
invierno. Creían que ese cambio era regido por la Luna, que provocaba los
brotes de vegetales y la reproducción de los animales. En este nuevo periodo la
tierra comienza a limpiarse con el agua que envía Ngenechén (Dios) a través del
Ngen-ko (‘el espíritu del agua’), lo que provocaba un nuevo ciclo, que
implicaba el término el ciclo anterior de preparación del suelo, siembras,
cosechas y la naturaleza debe limpiar y preparar la tierra para otro periodo y
así sucesivamente. Todos debían participar, ya que los adultos, los niños y
toda la diversidad de los seres vivos eran beneficiados del Sol, que es el
padre que aporta, a través de su energía masculina (opuesta y complementaria a
la Tierra femenina), para que se produzcan alimentos para todos los seres
vivos, no sólo a los humanos. Es una fiesta de agradecimiento por la vida que
se renueva. Se dialoga con el Sol, porque creen que el Sol está vivo, porque
están contentos de que vuelva y con él sienten que los humanos vuelven a crecer”.
Acá se comienza a vislumbrar que para la Cultura
ancestral, la contraposición de entes es significativa. Es más, “los mapuches
conciben el cosmos como una serie de plataformas que aparecen superpuestas en
el espacio. Dichas plataformas son todas de forma cuadrada y de igual tamaño.
Fueron creadas en orden descendente en el tiempo de los orígenes, tomando como
modelo la plataforma más alta, recinto de los dioses creadores.
Consecuentemente, el mundo natural es una réplica del sobrenatural.
La agrupación de estas plataformas cuadradas define
la ubicación de las tres zonas cósmicas: cielo, tierra e infierno.
Las cuatro plataformas del bien, wenu mapu o meli
ñom wenu, son el aposento ordenado y simétrico de los dioses, espíritus
benéficos y antepasados. Ellas se oponen a las dos plataformas del mal, anka
wenu y minche mapu, zonas oscuras, extrañas y caóticas en las cuales residen,
respectivamente, los espíritus maléficos (wekufe) y los hombres enanos o
pigmeos (laftrache).
La contradicción derivada de la oposición de estas
dos zonas cósmicas en perpetuo conflicto se proyecta dinámicamente en la
tierra, mundo natural en el cual este dualismo esencial se sintetiza. A pesar
de que, desde un punto de vista lógico, podríamos reducir las tres zonas
cósmicas a dos -mundos natural y sobrenatural-, la visión cósmica del mapuche
apunta hacia otro criterio, puesto que, para él, el mundo sobrenatural es algo
tan real y tangible como el natural”.
“Se puede considerar que la visión cósmica mapuche
es dualista y dialéctica: el wenu mapu contiene sólo al bien (tesis); el anka
wenu y minche mapu representan sólo el mal (antítesis); y en la tierra
coexisten el bien y el mal en una síntesis que no implica fusión, sino
yuxtaposición dinámica. La verdadera polaridad tiende a la unión; y la
conjunción de dos fuerzas opuestas es una condición necesaria para lograr el
equilibrio cósmico dualista”.
La dialéctica se desarrolla “en el siglo XVIII adquiriendo
la teoría de los contrapuestos en las cosas o en los conceptos, así como la
detección y superación de estos contrapuestos. De manera más esquemática puede
definirse la dialéctica como el discurso en el que se contrapone una
determinada concepción o tradición, entendida como tesis, y la muestra de los problemas
y contradicciones, entendida como antítesis. De esta confrontación surge, en un
tercer momento llamado síntesis, una resolución o una nueva comprensión del
problema. Este esquema general puede concretarse como la contraposición entre
concepto y cosa en la teoría del conocimiento, a la contraposición entre los
diferentes participantes en una discusión y a contraposiciones reales en la
naturaleza o en la sociedad, entre otras”.
Se puede ver que a pesar de que las posibilidades
de la Cultura Mapuche, podrían ser limitadas, el/la mapuche buscaba
explicación, mediante su cosmovisión, de las cosas que le sucedían en su
entorno. Increíblemente, proponen un intrincado y desarrollado formato en que
la dialéctica hace posible la existencia de las cosas, la contraposición.
La contraposición en sí, vendría a ser la chispa
que gatilla cambios o “renacimientos”. Los contrapuntos generan y dan razón de
ser a la realidad aparente, el bien y el mal. De hecho, para la Cosmovisión
Mapuche los puntos cardinales forman “la tierra de las cuatro esquinas”, siendo
el “Norte” una dirección maldita porque desde allí llegaron los conquistadores
españoles a tensar la calma presente en sus territorios.
“La historia de la humanidad es la historia de la
lucha de clases”, o sea, “la confrontación entre clases sociales es el motor
del cambio histórico” para la dialéctica materialista.

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